miércoles, 23 de julio de 2014

Don Ata en París



  A la imaginería de los sudamericanos, y también para otros de distintas partes del mundo, París ejerce un atractivo especial. Cargado de ideas, rebeldías, símbolos y enseñas de lo que parece novedoso, sus calles, sus monumentos y su antiguo río que lo cruza despiertan en la ilusión ese sentimiento en verdad eterno: el cambio hacia la utopía que vendrá.
  Desde aquella maga que trajina por lugares simbólicos de la mano o de la pluma de Cortázar, o antes, aquella fiesta de la que daba cuenta Hemingway, o aquel Vallejos que poetisa allí su muerte con aguacero un día del cual ya tiene su recuerdo, o los  pintores de la plaza de Montmartre que condensan en sus telas los soles y las luces de las tardes reflejados en los rostros de los paseantes, hasta las barricadas de aquel mayo francés cuando nos esperanzábamos con la imaginación llegando al poder para hacer realidad esas tres míticas palabras de libertad, igualdad y fraternidad, y que allá en aquella Córdoba estudiantil de fines de los sesenta que yo viví se tomaba como emblema para sacudir dictaduras militares retrógradas, inútiles, violentas y sanguinarias.
  Para nosotros, sudamericanos, nos parece aquello lo nuevo, lo válido, lo autorizado. Para ellos, para el francés, o el europeo, lo original, lo novedoso, lo que sacude la cultura ancestral, vieja, anquilosada, está en Sudamérica. Curiosa paradoja.
  Por eso encontrarse y conocer en ese ámbito a alguien que resume lo antiguo para abrirse a lo nuevo desde el más profundo americanismo en los sueños de la música y la guitarra, resulta también una curiosa paradoja.
  Por intermedio de mi tío francés Paul Verdevoye, en una breve estadía parisina que tuvimos a principios de los ochenta, obtuve el número de teléfono de Don Atahualpa Yupanqui. París era su lugar de residencia por entonces.
  Con ansiedad desde un teléfono público marqué el número, y enseguida en su reconocida voz escuché un “aló” típico francés. Mis palabras, lógico, fueron en un castellano propiamente rioplatense para presentarnos como guitarristas argentinos de paso, tratando de mostrar lo nuestro y ya que se nos daba la oportunidad, encontrarnos y cruzar unas palabras con el maestro que queríamos conocer. 
  La respuesta cordial, simpática y sinceramente amistosa fue un “cómo no paisano, véngase a La Coupole, ese café conocido sobre el bulevar Montparnasse, yo estoy ahí todas las mañanas”. Fue como una brisa de la pampa que se filtraba por el tubo del teléfono, con aroma a pasto húmedo, sibilante como el siseo de las ramas de un sauce meciéndose por el viento, era en fin encontrar en ese dicho aquel sonido antiguo y lejano que habíamos dejado antes y retomarlo en esta ciudad que nos resultaba novedosa.
  A la mañana siguiente, y claro, sin dejar pasar un día, estuvimos ahí. De lejos, al llegar, lo vimos sentado a una mesa envuelto en un camperón gris leyendo el diario. Al presentarnos nos invitó enseguida a acompañarlo. Y desde allí fue una extensa charla que duró quien sabe cuanto, aunque en realidad más era lo que escuchábamos, como tímidos principiantes al lado del maestro. Pasaron así comentarios alrededor de la música, la guitarra, el camino que nosotros emprendíamos, los avatares de la historia y sus enfrentamientos con autoritarismos varios. Al tocar el tema político recordó con vaguedad su pasado político, que yo asocié con lo que sabía de su militancia en el Partido Comunista de Argentina y su alejamiento por un verticalismo inconducente, su enfrentamiento al primer peronismo, que incluso llegó hasta la violencia física, aunque de ello lo que más lamentaba era que en algún momento le rompieran su guitarra al entrar al país cuando venía de actuar en Uruguay, porque aquí estaba prohibido. Y al final de este tema difícil, pero nunca cargado de rencor, su definición fue tajante: “Me han puesto variados rótulos, pero al momento de definirme, me digo antifascista”. Sobre todo, la libertad.  
  El paisaje en la música, el cantar como el habla del hombre simple de campo, la guitarra con su sonido íntimo que no debía perderse con ninguna estridencia, y tantas otras cosas, fueron buenos consejos que recibíamos para andar y recorrer un camino difícil, arduo, muchas veces doloroso, pero que al final, a veces, se alcanza a la mejor de las metas, al gran premio, como muchas veces él lo repetía, lo más valioso, llegar a ser anónimo. Que la música de uno llegue a ser propiedad de todos, ya no importa quien la hubiera hecho, lo importante es que la gente común se la apropiara para hacerla suya. Qué importa quien es el autor de la “Luna Tucumana” o la “Zamba del Grillo”, si cualquier guitarrero cantor la hace suya para echarla al aire y decir con ella lo que siente.
 
A la reunión se sumó luego su compañera de siempre, Nenette, exquisita pianista, arregladora y coautora de muchas de sus canciones con el seudónimo “Pablo Del Cerro”. Nacida en el seno de una aristocrática familia francesa en unas islas cerca de Canadá, había venido a Buenos Aires para completar su formación musical, según tengo entendido, y fue entonces que conoció en Tucumán a Héctor Chavero. Desde entonces quedó unida al personaje armado entre los dos de Atahualpa Yupanqui, con aquella primera canción de principios de los años cuarenta, “Camino del Indio”. Mucha de su música lleva el sello inconfundible de ella, como para confirmar aquello que se suele decir, al lado de un gran hombre hay siempre una gran mujer.
  Ya casi al final de la charla le alcanzo un cassette, el medio físico que por entonces se usaba para dejar constancia de la habilidad musical, con nuestras versiones en guitarra, que hacía poco habíamos publicado. Se lo lleva al bolsillo de su camisa, y en un ademán cargado de significado nos dice tocándose ese lado izquierdo del pecho, “lo llevo aquí”.
  Otras veces lo vi después en Buenos Aires, y él también recordaba aquella entrevista, cerca de su casa, a la vuelta de aquel mítico café parisino, según me confiaba.
  Después, andando el tiempo, trabé relación con su hijo, Roberto, conocido por su sobrenombre “el kolla” o “el coya”, depende cómo se lo escriba. Me sugirió hacer un álbum para flauta dulce y guitarra con las canciones del viejo maestro, que por supuesto lo hice con el mayor de los gustos. Para eso me alcanzó una cantidad de partituras de las piezas más conocidas, o las que no son tanto. Y en muchas de ellas creí ver la mano de Nenette…
  En la introducción de la “Los Ejes de mi Carreta”, la tan conocida milonga yupanquiana con versos del uruguayo Romildo Risso, una serie de acordes se entrelazan y suceden a la manera de un coral de Bach hasta llegar a la parte con ritmo ya milongueado que lleva luego al canto “Porque no engraso los ejes…” Don Ata la cantaba y era otra la forma de llegar con su guitarra a ese verso. Pero en mi versión de guitarra solista quise respetar ese “a modo de un coral de Bach”…
 

Los Ejes de mi Carreta, de Atahualpa Yupanqui, por Néstor Guestrin

lunes, 30 de junio de 2014

El duende de Salta

    La veleta que flamea en lo alto de la torre del Cabildo de Salta representa un pequeño ser, un duende según el saber popular, que desde allí parece hacerse presente en toda la vida de la ciudad, como un fisgón, un indiscreto entrometido en la vida de todos. Debe observárselo detenidamente, levantando la vista, para no pasar inadvertido y se lo verá ahí en la altura, tomado de un asta, risueño, ágil y juguetón. Es un protagonista clásico e indisoluble de los aconteceres cotidianos salteños, así decía el agudo observador de hechos, situaciones y personajes lugareños, como lo fue el recordado Cuchi Leguizamón, quien afirmaba que en todo estaba presente y en todo se hacía sentir esa figura representada ahí por un pequeño ser vestido de un modo llamativo, como un antiguo paje cortesano, con una antorcha o una flor en su mano derecha, quizás una flor de lis, la otra tomado del mástil que lo sostiene y los pies en posición de baile saltarín, y que algunos llaman el diablito de Salta. Lo de diablito debe interpretarse por las travesuras constantes que comete, pero creo es más propio y acertado nombrarlo como el duende salteño. 
    Y su primer travesura habrá sido confundir al arquitecto constructor del Cabildo salteño que dejó a la torre descentrada con respecto al edificio, y además si bien se observa se verá que los arcos de la planta superior no se corresponden con los de la planta baja por lo que parece que los arcos superiores bailan sobre los inferiores. Abajo actualmente hay catorce arcos, y arriba se completa con quince, y ¡medio!, para llegar hasta el final de la construcción en un esfuerzo métrico arquitectónico. En la última refacción ese medio se rellenó engrosando la última columna para salvar tal desquicio. 
    Según cuentan los historiadores en esa torre antiguamente había un reloj. Alguien parece dispuso llevarlo a la torre de la Catedral del otro lado de la plaza 9 de Julio, y restaurar ese pequeño demonio sacado antes de su lugar por otras manos. Sabia decisión tomó ese funcionario público en llevar a un lugar santo un aparato que mide el tiempo de las personas marcando seriedad y mesura a las conductas humanas, y reemplazarlo del otro lado de la plaza por ese ser díscolo y revoltoso, siempre dispuesto a perturbar y trastornar todo.
   
El Cuchi decía que este duende andaba encontrando y desencontrando a la gente, a las señoras de antes les hacía cortar la leche al hervirla, al caminante distraído tropezar con una baldosa, y agriarle el vino a los que no lo compartían. Y cuando andaba queriendo enamorar, bailando era temible, sobre todo en carnaval.
     Quizás este duende haya dado a la ciudad esa virtud de inventar una serie de personajes que entre cuentos, versos y música proporcionaron una fisonomía particular a su naturaleza artística y la ubicaron como centro poético musical de la canción popular de aquellos tiempos, los años de mi época de adolescente.
    Y todo eso lo habré incorporado para la aventura de la creación musical.
    Compañero infaltable del Cuchi era el gran Manuel J. Castilla, socio y cómplice en una larga y exquisita serie de canciones. Otros nombres valiosos se asocian a ellos en esa lista de creadores de todo ese movimiento que ya hoy es historia, y difícilmente se pueda igualar, a juzgar por lo que se oye hoy.
    Infinidad de anécdotas se tejen alrededor de sus figuras, siempre con humor, ingenio y sobre todo embebidas de una infinita libertad imaginativa.
    Una de la que fui partícipe puedo contar.
    En esos mis tiempos de adolescente andaba con otros amigos de barrio, guitarra en mano, intentando emular a cuanto conjunto folklórico salía a conquistar escenarios. Al frente de mi casa sabían reunirse a veces poetas y amigos de la noche y el vino, en lo de Pacheco, veterano de aquellas lides. En una época anterior, el dueño de casa, don Eduardo, había formado el dúo Benítez-Pacheco, conocido allá por los años ’40, y ya por entonces, dedicado a otros menesteres, no perdía la oportunidad de recordar el oficio de guitarrista y cantor.
    Con mis compañeros de aventura musical en una de esas reuniones fuimos a demostrar nuestras habilidades, y con toda osadía en aquel encuentro, frente a toda la gente, nos largamos a tocar y cantar la Zamba del Pañuelo, con el Cuchi adelante nuestro.
    Al terminar se acerca él, y con ese tono paternal que nos dispensaba, conocidos suyos como éramos de ser alumnos del Colegio Nacional, en su clase de Historia, o de historieta como él la denominaba jocosamente, tomando la guitarra nos corrige afectuosamente: “Aquí no va el acorde que han puesto, ahí (y tararea la parte) va dominante de mi”
    Castilla, don Manuel J., vaso de vino en la mano, sentado ahí cerca, con tono solemne, suelta en el momento: “Mirálo al Cuchi de ególatra el tono que le va a pedir a los changos, ¡dominante de Mi!”
Néstor Guestrin



     Aquí está nuestra versión del Carnavalito del Duende, para invocar aquel duende salteño y aquellas figuras señeras.


http://www.4shared.com/mp3/KQc9TKBj/8carnavalito.html

 

domingo, 24 de noviembre de 2013

Amicarelli


  Al lado de SADAIC hace años había un pequeño café. Era un salón angosto, de un lado la barra, y del otro unas mesas pegadas a la pared. Al fondo, otras dos o tres mesas completaban las posibilidades del pequeño lugar.
  Un día me encontré a sus puertas con mi amigo Rolando Mañanes, que por entonces oficiaba de inspector musical en la entidad de los compositores. Antes de entregar las planillas de su trabajo solía pasar por ese bar a completarlas.
  “Vení, acompañáme con un café”, me invitó.
  Entramos, y al fondo, en una de esas pocas mesas, un hombre sentado allí, lo saludó y nos invitó a compartirla. Había bebido mucho se veía por su estado.
  Mientras mi amigo llenaba sus papeles, hablamos de música, del piano, de Debussy, de jazz, de tango. Cada tanto este buen hombre, algo mareado, brindando con su copa, tocaba con sus dedos sobre el filo de la mesa que hacía de teclado imaginario para ejemplificar sus dichos.
  Al rato, nos levantamos, lo saludamos y salimos.
  “¿Sabés quien es?”, me preguntó mi amigo refiriéndose al hombre que habíamos dejado envuelto en su nube de música y alcohol.
  “No”, le respondí.
  “Dante Amicarelli, el mejor pianista que tuvo Piazzolla”.
  Como un reflejo instantáneo me vino a mí aquel solo de piano que hace de prólogo en la que sin ninguna duda es la mejor versión de Adiós Nonino.
  Medio aturdido yo por tal revelación apenas pude darle la mano y saludar a mi amigo. No sé adónde iría él. Quizás a entregar sus papeles. Yo me fui caminando despacio por Lavalle hacia Paraná, mientras daban vueltas en mi mente aquellos largos arpegios que se abren para dar paso luego a ese tema tan personal, único y característico.
  Recordé aquellas anécdotas que se cuentan alrededor de esta versión. Que Piazzolla escribió esa larga cadencia pianística, algo más de dos minutos, casi tres, para este pianista, medio jazzero, medio tanguero, que se preciaba de ser un gran lector a primera vista, con todas las dificultades imaginables, como para probar esa habilidad. Y le puso el papel sobre el piano en el primer ensayo y él la tocó de primera y sin ninguna equivocación. Y que en esa primera lectura dejó a todos los músicos del quinteto azorados, incluso al mismo Piazzolla, no sólo por la calidad y virtud técnica, sino por el fraseo y el modo cómo cantaba y cómo expresaba esa conmovedora música. “Lindo arreglito”, fue su único comentario, como para que Piazzolla se tragara su desafío.  Y que un sábado de trasnoche, de madrugada casi, después de una actuación en Michelángelo, allá por el ’69, fueron al estudio de grabación, y la grabaron. El solo de piano de un solo tirón y de una sola vez, igual que en aquel primer ensayo.
  Como una larga improvisación va recorriendo unos acordes hasta desembocar en esa nota larga, lánguida, estremecedora, que se resuelve en dos corcheas para saltar a otra nota larga y cargada de tristeza. Y luego, otras corcheas llevan hacia arriba a otra nota larga, mientras la mano izquierda hace unos arpegios que la acompañan.
  Al terminar ese tema, aparecen unos acordes quedando todo en suspenso y una nota grave da pie para que desde allí el violín y el bandoneón, como pidiendo permiso, como balbuceando, acompañados por sonidos de percusión, comiencen el tango.
  Llegué por Paraná a la esquina de Corrientes. Y allí vi a la singular calle porteña cómo fluye hacia el bajo pasando por el Obelisco, mientras recordaba el final de la versión, la última exposición de ese tema triste, el solo de bandoneón de Piazzolla, quizás él recordando a su padre, apoyado por un acompañamiento sutil y amigable del piano en un segundo plano, para que el bandoneón llore sólo toda su tristeza y dolor.
  Uno intuye entonces ese fluir que sigue hacia el Río, hacia aquella zona que adjetiva a todo lo que tiene que ver con Buenos Aires. El puerto, la porteñidad. Ese solo inicial de piano es algo así, es el prólogo que hace intuir al tango que viene después. Que lo que viene es el sujeto tan bien adjetivado y preparado por ese piano. Y que luego al final acompañará al bandoneón para que suene sólo en su triste soledad.
  Volví mi vista hacia atrás. Imaginé al Maestro Amicarelli saludando y brindando con nosotros desde esa mesa del pequeño bar, hablándonos de Debussy, del piano, del jazz, del tango, con sus dedos moviéndose en ese teclado imaginario de la pequeña mesa, mientras Buenos Aires ahí afuera corría enloquecido por sus calles y veredas.
  Los cafés porteños tienen un encanto especial, ¿no?
Néstor Guestrin




Adiós Nonino – Dante Amicarelli (piano)
Astor Piazzolla y su quinteto
Grabado en 1969 en Estudios Ion




Adiós Nonino por Menecha Casano – Néstor Guestrin
(Dúo de guitarras)
 
Adiós Nonino por Menecha Casano y Néstor Guestrin

jueves, 1 de marzo de 2012

El Maestro Botelli

Cantaré cuando me muera - J.J.Botelli - Arreglo orquestal de Néstor Guestrin, realización midi.

Ciertas personas, muy pocas, suelen ser referentes imprescindibles para un medio determinado. Tal el caso de don José Juan Botelli en el paisaje cultural de Salta. Su figura, unida al ámbito artístico provinciano de aquellos años donde la música, la poesía, las letras allí creadas, trascendieron al país y al mundo, fue reconocida dentro de su ciudad, pero quizás no tanto hacia fuera. Algunas de sus obras quedaron insertas en el imaginario popular del país, pero no el nombre de su autoría, rara virtud que las valoriza más aun. Cómo no recordar entre ellas a “La Felipe Varela” o “Salteño Viejo”, canciones que han tenido una enorme difusión pero cuyo autor no consiguió esa misma notoriedad.

Y así como traigo los recuerdos de esa memoria colectiva, traigo los míos sobre este buen maestro. Suele designarse con este título a quien ejerce la profesión de músico, o a quien dedica su tiempo a la docencia. Pero en este caso, además de que don Botelli haya desarrollado esas actividades, podría asociar esa nominación a quien hace de guía en las cosas de la vida, a quien se eleva sobre el resto, como aquella viga que sostiene un techo desde un lugar preferencial y sobresaliente.

En mi infancia, cuando el lugar de juego era la vereda, solíamos verlo pasar por la calle cabalgando su motoneta, como un caballero enhiesto de riguroso traje oscuro y moño al cuello. Su estampa era para nosotros, chiquilines de barrio, comparable a la de un gentilhombre noble y distinguido, cortesano elegante de un tiempo pasado. Poco después asocié esa figura a la primera música que toqué en la guitarra, precisamente “La Felipe Varela”. Su trajinar por los pasillos del Colegio Nacional, sus notas en el suplemento cultural del diario local, sus apariciones con comentarios diversos en la televisión salteña, sus conciertos de piano, donde a veces compartía con otra figura inolvidable, el Cuchi Leguizamón, lo hicieron un personaje reconocible e impar para esa pequeña ciudad como era aquella Salta, donde lo local era valuado en mayor medida precisamente por su localismo.

Alguien me comentó que lo veía como un caballero renacentista, ya que no sólo dedicaba su tiempo a la escritura, a la composición y a la ejecución musical, sino que en alguna ocasión también armaba sus propias ediciones literarias. Con una vieja linotipo descartada del taller del diario local que había llevado a su casa componía sus textos, luego los imprimía y finalmente terminaba la factura de sus libros cosiéndolos él mismo a mano.

Autor de reflexiones agudas y plenas de ironías, están ellas reunidas en sus Soliloquios:

Uno no escribe para que lo lean

sino para aprender a escribir

y uno aprende a escribir

para que lo lean.

Otra, más mordaz, es:

El hombre pertenece al reino animal… pero algunos más que otros.

En un concierto que hicimos en Salta, recuerdo su figura singular al venir a saludarnos al final, con una sonrisa enorme, sus brazos abiertos para envolvernos en un abrazo y en sus manos muchas de sus partituras para obsequiarnos.

También viene a mi memoria un día de verano al encontrarnos en la calle y ante su pregunta si haríamos alguna presentación, le respondo que no, sólo estábamos de vacaciones. Su respuesta, hermosa, fue: Claro, mucho calor para conciertos.

Años después, a mediados de los ’90, se me dio la oportunidad de homenajearlo, a él y a su generación que hicieron de Salta una referencia obligada para la música popular argentina. Con el director de la entonces Orquesta Municipal de Salta, Eduardo Storni, convenimos en armar un repertorio de música de autores locales, para lo cual hice varios arreglos orquestales, algunos de piezas conocidas y otras no tanto.

“Cantaré cuando me muera” es una de sus zambas más bellas. Según él, la compuso después de un grave problema de salud que al superarlo, lo trasmutó en una canción. Así pudo convertir el dolor y la angustia en deleite y sosiego.

Cuando me tenga que ir

mi sombra dejaré,

canción nacida de mi soñar

por andar, por amar y cantar.

He aquí esa música en su recuerdo, la versión orquestal que hice de su canción.

Néstor Guestrin

domingo, 19 de junio de 2011

Alfio

Choro, Alfio Mendiara (saxo), Néstor Guestrin (guitarra) C.King (percusion)

Conocí a Alfio en lejanas reuniones políticas poco antes de que la política fuera prohibida en el país. Fue en los tiempos cuando el golpe en Chile nos anunciaba lo que vendría después. De uno de esos encuentros recuerdo a una joven periodista chilena venida a Buenos Aires a tomar palabras y reflexiones para pasarlas en una radio clandestina de su país. Su grabador de mano, en esa rueda armada en la antigua casona sindical que nos servía de convocatoria, sin necesidad de preguntar, era pasado a cada uno de los que allí estábamos y cada cual lo tomaba para decir lo suyo: algún esbozo de análisis sobre lo obvio, comparaciones evidentes, frases solidarias, y en mi caso, incapaz de decir algo original, sólo atiné a repetir la imagen poética del hombre libre que caminaría nuevamente por la alameda de Santiago. Qué dijo él, no lo recuerdo. Seguramente alguna palabra de circunstancia en el tono pausado y sobrio de su modo de ser. En ese edificio sobre la calle Paraguay donde nos veíamos, que hoy ya no existe, tenía un cargo desde el cual ejercía su militancia política. Su oficio de músico lo desarrollaba en la banda municipal.

Luego vino el exilio hacia afuera de algunos, hacia adentro de muchos de nosotros, en el intento de buscar refugio de la barbarie uniformada. Alfio siguió con su cargo de músico, el otro quedó para el secreto y la reserva.

Una llamada telefónica sirvió para reencontrarnos años después. Quería verme para imaginar algún proyecto artístico en común, más allá de cuestiones de otra índole. ¿Qué te parece en un bar de la calle Corrientes allí cerca del Teatro San Martín, donde ensayo y trabajo todos los días? Así quedamos, y a la tarde siguiente caminaba a ese reencuentro en dirección a La Giralda.

Al llegar, a través del ventanal desde la calle reconozco su pequeña silueta sentado con la puntualidad debida a una mesa del antiguo bar. Su baja estatura y su cuerpo delgado producto de una hepatitis juvenil le daban un cierto aire de endeblez adolescente. En esos pasos que di al entrar hasta sentarme junto a él recorrí el regreso a muchos años atrás, hasta aquellas viejas reuniones. Eran más los años que los pasos desde la puerta de entrada hasta la mesa que había elegido.

Primero el abrazo y las preguntas obvias, luego, café de por medio, entre palabras y gestos, fuimos recordando aquellos tiempos que la política había ido cambiando a pesar de las prohibiciones, inútiles como siempre. Complicidades, ilusiones, defecciones, deserciones, incoherencias, nombres diversos, todo pasaba por nuestra charla matizada con humor, con guiños de una amistad compartida. Razones de unos y de otros, debilidades y resistencias iban y venían para explicarnos o convencernos de historias y caminos anteriores y posteriores, algunos cambiantes, muchos, otros, menos, más lineales.

Y como continuación de la conversación saca de un viejo portafolios unas partituras de la misma antigüedad, o más. Buscando mi aceptación me dice son antiguos choros brasileros que fui recopilando y guardando desde hace mucho tiempo. Los toco con el saxo, pero necesito el acompañamiento de una guitarra. ¿Te animás? ¡Cómo no!, respondí de inmediato. Les eché un vistazo y, además de intuir lo interesante desde el punto de vista musical, vi la oportunidad de fortalecer una relación de amistad que el tiempo me lo confirmaría.

Quien hace o ha hecho música, y especialmente de modo grupal, sabe que los momentos más felices que se tienen son aquellos donde en los ensayos se modela lo que se quiere lograr como resultado sonoro. No sólo por la construcción musical en sí, sino porque es como irse conociendo con el otro, o los otros, en una conversación irremediablemente sincera, sin el artificio de la palabra, sin el sentido ambiguo de la palabra, sin la palabra, sólo sonidos, notas, música.

Es el juego de preguntar y responder en un profundo diálogo, de aprender y de dar, de intuir cómo reaccionará el otro, y cómo reacciona uno, en fin de llegar a la más entrañable esencia de la música, que es saber escuchar, como ya alguien lo dijo.

Establecimos una cita semanal para concretar esta idea, la que tenía su formalidad establecida desde el comienzo, como corresponde, con la taza de té y la ceremonia previa de su preparación de calentar el agua mientras pasábamos revista a las novedades periodísticas de actualidad con toda la ironía de rigor. Luego preparar los instrumentos, afinarlos y después tocar y tocar y tocar. Desde la otra habitación, Noemí, su compañera, a veces, cuando estaba en casa, nos escuchaba. También un gato paseaba en los intermedios, y con un salto silencioso, en sigilo para no ser reprendido, podía subirse a la mesa y ubicarse entre los papeles para no perderse tal concierto.

Con la mirada al amplio ventanal que daba al balcón de su octavo piso veíamos a veces flotar las nubes dando un sentido debussiano a nuestras ideas musicales.

Y vinieron las actuaciones, pero más allá de ellas, que es cuando se hace público lo que se ha gestado con tanta laboriosidad y empeño en muchas horas de prácticas previas, estaba la satisfacción, no en los aplausos recibidos o en el reconocimiento que se podía generar, aunque no se crea, sino en todo ese trabajo anterior de proyectar, de probar, de asegurar qué es lo que queríamos decir y hacer. Son los momentos más gratos, aunque parezca lo contrario. Lo otro es ya la conclusión de una tarea hecha, que podrá ser más o menos exitosa, pero que no es lo más importante, es lo que corona una actividad que se ha emprendido con anterioridad. Y la satisfacción está realmente en la realización de la propuesta, no en su final.

Llevamos nuestra música a distintos lugares, conocimos otra gente, en cierto momento hasta servimos de marco a algún acto político, pero lo importante seguía siendo nuestra cita semanal, y la ceremonia previa del té, y preparar las músicas con la vista del ventanal hacia los techos y el cielo de Caballito, y el gato en paseo silencioso y con respeto entre los papeles sobre la mesa.

Las quejas acerca de su salud y sobre su probable jubilación de oficio de la banda municipal las tomaba yo al escucharlas como eso, como quejas, pero evidentemente tenían sus fundamentos preocupantes y así lo demostraron los hechos posteriores. A ellas les respondía restándoles importancia para que se despreocupara. ¿Qué más podía decirle?

Al final del ensayo bajábamos juntos hacia la calle y me acompañaba un par de cuadras en mi camino hacia el transporte de regreso. Allí afloraban los recuerdos de sus amigos, las aventuras de otros tiempos, alguna anécdota de viaje y también sus ilusiones de viejo luchador. Caminar por esas dos cuadras de Gaona hasta el monumento al Cid Campeador formaba parte de la ceremonia ritual de nuestra reunión de música semanal. Y allí, detenidos bajo la sombra tutelar del Cid y como una continuación de sus grandiosas aventuras, en el momento de alargar la despedida me contaba las suyas, de algún modo tan heroicas como las de aquél.

Vino una etapa de dejar de vernos. Como una suspensión momentánea hasta la solución de problemas de otro tipo, o hasta recobrar fuerzas y entusiasmo para nuevas aventuras musicales. Pero lo suyo sobrevenía inexorable. Por un lado, obligado a dejar su cargo por la edad y comenzar un lento e interminable trámite para conseguir una jubilación que nunca le llegó, y por el otro el paulatino deterioro de su salud.

Lo último que nos acercó fue como paradoja una vuelta a algo parecido a aquellas primeras actividades de años anteriores. Un movimiento gestado entre músicos jóvenes enfrentados a una dirigencia gremial incapaz de ver más allá de sus intereses personales sirvió para reencontrarnos. Una asamblea numerosa se había reunido para tratar y rebatir ciertas medidas arbitrarias. Un clima de franco rechazo a la dirigencia del gremio musical era lo que se vivía. En ese ámbito crispado y ruidoso, lo vi tomar la palabra para fijar su posición como directivo que había sido. De modo pausado, sin estridencias, como era su estilo, fue estableciendo las diferencias entre esa antigua dirigencia a la que él había pertenecido y la actual cuestionada. De las primeras rechiflas se pasó a un silencio respetuoso. Fue esbozando y marcando distinciones. Volvía a sus principios irrenunciables, a su vocación luchadora honesta y simple. A su visión de ideales utópicos. Los que nunca había abandonado. La gran mayoría de los que participaban de esa asamblea eran jóvenes con una referencia muy remota de aquellos tiempos de su lucha. El final de sus palabras se cerró con un sostenido aplauso y porqué no el reconocimiento de aquellos buenos viejos tiempos. Era su despedida.

Fuimos luego a la mesa de un bar, y me contó de sus problemas, que yo ya los conocía. Pensarás que soy un quejoso me decía, pero creéme me fallan las fuerzas. Esa fue la última vez que nos vimos.

Alguna llamada telefónica y una que otra línea por correo electrónico fueron los pocos y últimos contactos en los meses siguientes.

Tiempo después su hija Irina me dio cuenta de su final en un hospital deteriorado y en conflicto, sin tener siquiera su jubilación. Algunas de sus palabras dolidas me decían mucho: indiferencia, desprotección, falta de reconocimiento.

Mientras escribo veo a través de la ventana cómo amarillean las hojas del plátano que da sombra en la vereda. De a poco se irán secando y al llegar el otoño caerán en silencio, sin que nadie se dé cuenta, naturalmente. Se amontonarán y el viento las dispersará. Es la ley.

Al menos queda alguien que pueda describirlas y recordar su verdor hasta que otro brote venga a recrearla.

Néstor Guestrin